Privación libertad

Si quieres ser mi prisionero y privado de total libertad en una mazmorra oscura, durante las horas que tu decidas, puedo darte ese servicio. Contacta conmigo y pactamos precios y condiciones.

Hacía tiempo que Pedro, unos de mis asiduos sumisos, venía insistiendo que deseaba sentirse mi prisionero, solo por 24 horas, aislado, inmóvil e indefenso. Y por fin llegó su hora.

El día en cuestión llegó a las 18:00 h. le ordené que se subiera a mi mazmorra y se desnudara y que en cinco minutos yo subiría a hacerme cargo de él.

Transcurrido dicho tiempo subí, me lo encontré de rodillas, desnudo y con las manos en la espalda, el muy cabrón ya sabía cómo ponerse ante mí. Le puse las esposas, le vendé los ojos y le coloqué la mordaza en la boca.

Ya estaba listo, aunque no dudé en darle unos buenos azotes previos para ir calentando. Ya se lo  esperaba porque me conoce muy bien, gimió un par de veces y aceptó sumisamente mis golpes.

Luego le senté en un rincón oscuro de mi sala, doblé sus piernas con las rodillas hacia fuera y sus pies juntos. Até dos cuerdas, cada una a ambos dedos gordos y los extremos de cada una los até bien fuertes a sus huevos, de manera que si estiraba las piernas tiraría de ellos, causándole un gran dolor.

Una vez así situado le advertí que en caso de hacerse sus necesidades encima sería él que después lo limpiaría todo y debería dejarlo como una patena. Asintió.

Y así, sentado sobre el frío suelo, desnudo, solo apoyado contra la pared le dejé en la soledad de mi mazmorra.

Por supuesto, cada dos o tres horas yo subía a ver como estaba, sin hacer ruido para que no se diera cuenta. Mi deber es proporcionar los castigos oportunos pero también tener el máximo cuidado con mis sumisos, por eso no lo iba a dejar sin vigilancia las 24 horas, aunque él no lo sabía.

Ni que decir tiene que me dejó inoperativo esas 24 horas, pero el tío supo compensar ese tiempo con un tributo, que yo le marqué, y que me entregó nada más llegar.

Transcurridos el tiempo pactado, subí por última vez y le vi tirado en el suelo, con las piernas encogidas y medio dormido. Le desperté con un par de ostias y me di cuenta que se había meado… Cogí sus calzoncillos de la silla donde los había dejado y los empapé en sus meos. Luego le restregué los gayumbos chorreando por su cara y le recriminé el que se hubiera meado. Le quité la mordaza y le metí parte de ellos en la boca. Bajé a buscar un trapo y un cubo y cuando volví le desaté y sin darle tiempo a relajar sus piernas, después de tantas horas encogidas, le ordené que se pusiera de rodillas y empezara a limpiar sus putos meados.

Una vez lo limpió todo le dije que se vistiera y que se marchara cuanto antes porque necesitaba la sala para otro sumiso que vendría dentro de poco.

Al cabo de dos horas recibí un WhatsApp de él diciéndome que la experiencia le había encantado y que estaba deseando volver a repetir, incluso quizás hasta alargando el periodo de cautiverio unas cuantas horas más…